
Desgraciadamente, Don Antonio vivió los últimos años de su vida sabiendo que nadie continuaría su obra y conocimientos, ya que el único que se interesó en esa labor, fue su nieto Juan, quien desgraciadamente falleció en un lamentable accidente donde estuvo involucrada la pólvora, recordándonos a todos, que este oficio tiene un gran riesgo y debe manejarse bajo condiciones especiales, como un polvorín y permisos difíciles de obtener por parte de las autoridades.
Así como ya no habrá –hasta donde sabemos-- quién se dedique a la elaboración de juegos pirotécnicos en Acaponeta; los demás no debemos olvidar la importancia de estos oficios artesanales y recordar lo que han significado para la cultura local los castillos en las fiestas patronales, los toritos amenazando con llevarnos entre las patas y las luces quemantes, las silbadores, palomitas, escupidores y brujas, que sin bien hoy prohibimos a nuestros hijos, ayer disfrutábamos enormemente y la verdad es que no hay fiesta que se precie de serlo si no lleva cohetones que rompen el cielo y el sueño de los que descansan. Así entre tronidos se llevaron a Don Antonio “el cuetero” a su última morada y con él a un oficio que ya nadie sigue en la ciudad, por lo que ahora habrá que importar estos elementos de otras latitudes, como Tuxpan, que siempre ha competido en el ramo con Acaponeta y que seguramente tiene su propio “cuetero”.
PEPE MORALES
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